domingo, 8 de julio de 2012

VUELVE BENITO QUINQUELA MARTÍN






El 20 de Marzo de 1890, en la Casa de Expósitos, fue abandonado un niño que se supuso había nacido unas tres semanas antes. Se estableció que el día de nacimiento fue el 1º de marzo. Lo bautizaron como Benito Juan y se le asignó el apellido Martín. Su primer nombre fue en razón de ser bautizado el día de San Benito Abad, el 21 de marzo. Casi ocho años después, el 16 de noviembre de 1897 es adoptado por el matrimonio formado por Manuel Chinchella y Justina Molina, quienes vivían en la Boca del Riachuelo, donde vivió toda su vida el maestro.

Cursó tan solo los dos primeros grados de la primaria, y luego se dedicó a repartir el carbón que sus padres vendían a los vecinos del barrio.

Cuando cumplió 15 años su padre que descargaba carbón en el puerto, lo convocó a trabajar con él, pese a su físico poco adecuado para la tarea, pero su empeño y rapidez le hicieron ganar el apodo de "EL MOSQUITO".

En esos años la Boca era el principal centro obrero del país y por ende, la demanda social de sus pobladores no se hizo esperar y se comenzó a generar un caldeado ambiente político. El barrio participó y apoyó a don Alfredo Palacios, quien en 1904 fue elegido primer diputado socialista del país. En dicho contexto, Quinquela no se halló al margen de la situación y participó distribuyendo panfletos y pegando carteles a favor del diputado socialista.

El Mosquito, tomó sus primeras lecciones de dibujo y perspectiva con el profesor Casaburi, pero no siempre logró asimilar las enseñanzas académicas. "La Academia es una cosa fría, calculada, rígida, pero la belleza es otra cosa. Yo no digo que la Academia no pueda producirla, pero sí puede lograrse una obra bella sin sujetarse demasiado a las exigencias académicas."



a pleno sol



A los 17 años, se inscribió en la Sociedad Unión de La Boca fundada en 1877, donde funcionaba el Conservatorio Pezzini Sttiatessi. Allí comenzaron sus lecciones de dibujo y pintura de la mano del maestro italiano Alfredo Lazzari. quien fue su único maestro. Completó su formación autodidacta a través de lecturas en la biblioteca del Sindicato de Caldereros, donde descubrió el libro "El Arte" del escultor francés, Auguste Rodin, que lo influyó a dedicar su vida a la creación artística.

Las clases consistían en copias de yesos y estampas, mientras que los domingos hacían un recorrido por la Isla Maciel pintando paisajes del natural.

El recuerdo más importante que Quinquela guardó de su maestro y amigo, fue la libertad de expresarse que fomentó en sus alumnos. "Este respeto por la libertad en el arte, es uno de los mayores beneficios que saqué de sus enseñanzas."

Quinquela asistió a las clases de Lazzari hasta 1912. En la Sociedad Unión de La Boca, conoció a muchos amigos y colegas, entre ellos estaban: Arturo Maresca, Juan de Dios Filiberto, Fortunato Lacámera, Facio Hebequer, Camilo Mandelli, Santiago Stagnaro, Vigo y Arato.

Cuando cumple 20 años expone por primera vez sus trabajos en la Sociedad Ligure de Mutuo Socorro. En 1912 se le diagnostica un principio de tuberculosis y busca los purificadores aires de Córdoba para curar su enfermedad. Allí realiza una serie de paisajes acompañado al maestro Walter de Navazio. Retorna a los seis meses milagrosamente curado y convencido que debe reflejar, como decía Rodin, únicamente su vida y su ambiente, es decir pintar su aldea: La Boca del Riachuelo.




En 1918 comenzó con sus exposiciones de arte y en 1920 obtuvo el Segundo Premio del Salón Nacional.

A los 29 años cambió la grafía de su nombre debido a los problemas y confusiones que le generaba, ya que a Chinchella le decían burlonamente "chinche" y además los genoveses lo pronunciaban Quinquela, por eso pasó a ser BENITO QUINQUELA MARTIN. Vivió con sus padres hasta que ellos fallecieron a los 78 y 84 años, con sus primeras ventas les compró la casa y la carbonería donde trabajó de niño.




Compró los mejores terrenos para construir una escuela para 1.000 niños, un lactario donde las amas de leche dieron alimento a los niños abandonados o pobres, una escuela de artes gráficas para que se especializaran los niños del barrio y un instituto odontológico modelo, que él no tuvo, por lo que siempre padeció una dentadura imposible. También un jardín de infantes, y en fin, todo lo que recibió lo dio, porque sin duda "el ser feliz es dar sin esperar recibir".


"Cuanto hice y cuanto conseguí, a mi barrio se lo debo. De ahí el impulso irrefrenable que inspiró mis fundaciones, todas ellas afincadas en la Boca. Por eso mis donaciones no las considero tales, sino como devoluciones. Le devolví a mi barrio buena parte de lo que él me hizo ganar con mi arte. Los dos los siento como fundidos dentro y fuera de mí mismo."

Benito donó al barrio de La Boca 5 terrenos que se convirtieron en instituciones con fines diferentes, beneficiando a la comunidad en su conjunto.

Muchas veces por querer llevar adelante sus proyectos, se vio envuelto en una serie de inconvenientes burocráticos, que hicieron temer la realización de cualquiera de sus obras, pero al final de todo, logró su cometido.



cementerio de barcos



El 19 de julio de 1936, se inauguró su más ansiado proyecto, la Escuela-Museo Pedro de Mendoza. Debió enfrentar la oposición de las autoridades del Consejo de Educación, por querer decorar el interior de las paredes de la Escuela. Argumentaban que las aulas decoradas distraerían la atención de los estudiantes. Paradógicamente, Lo que Quimquela más ansiaba hacer, se lo negaban. ¡Qué ironía!

En 1933, en un artículo aparecido en el diario Crítica, titulado: Quinquela Martín regaló un gran terreno para construir tres escuelas, afirmó "Los niños reciben instrucción en edificios no sólo fríos desde el punto de vista físico sino, lo que es más importante, desde el punto de vista moral. Yo me proponía al presentar mi iniciativa a consideración del Consejo, abrir un horizonte nuevo al niño ¿Qué mejor vehículo, para su imaginación e inteligencia, que rodearlo de un ambiente artístico?"







Pero Quinquela, hizo caso omiso a la negativa. Preparó en su taller, sobre chapas de celotex, los motivos que adornan la Escuela. Sólo un mural pudo pintar al fresco, Carnaval en La Boca, los demás debió colocarlos sobre las paredes del edificio.

Consideraba, además, la técnica de la pintura mural como una necesidad patriótica y daba el ejemplo de un país como México, donde sus artistas habían desarrollado esta técnica en diversos edificios de carácter público: mercados, iglesias, escuelas y teatros. "Necesitamos una pintura mural inspirada en nuestro pasado histórico, en nuestro folklore, en la lección moral del trabajo. Los gobiernos deben proteger esta rama del arte. La pintura mural es una necesidad patriótica."

Quinquela, fundó así la primer Escuela-Museo del país. Dos años después se inauguró el primer Museo de Bellas Artes de la Boca, en el mismo edificio de la Escuela. En este Museo, Quinquela quiso que estuviesen representadas no solamente sus obras sino la de otros artistas argentinos en sus distintas disciplinas: escultura, dibujo, grabado y pintura. Así, lo dejó expresado en el reglamento publicado por el boletín del Consejo: "El Director del Museo se obligará a mantener a éste dentro de la línea tradicional figurativa es decir, deberá (el Museo) representar la realidad argentina, para difusión de la cultura popular y de los niños. Por lo tanto no podrán ingresar al Museo obras abstractas o sus derivados, ni futurismos, ni tachismos u otros ismos, por haber ya en la Capital muchos destinados a esas tendencias."





En 1944, Quinquela donó el terreno contiguo a la Escuela, Pedro de Mendoza. En él se levantó el Jardín de Infantes, inaugurado el 23 de octubre de 1948. La decoración estuvo a cargo del pintor Roberto Rannazzo y representa escenas y personajes infantiles. También Quinquela hizo su aporte, a través de un gran mural, Descargando zapallos, de 4,30m. x 5,00m. en esmalte sobre hierro, donde se representa un motivo portuario. En los distintos ámbitos de la escuela como las aulas, los patios y la cocina reina el color así como también en los recipientes donde comen y toman la leche los chiquitos.


Años más tarde, Quinquela hizo otra donación. Esta vez fue un terreno que se encuentra ubicado al lado de la Escuela Museo, destinado a la construcción de un Salón - Teatro de actos para niños. En el teatro, Quinquela, colaboró con la decoración, pintando ocho grandes murales, seis de ellos de 4 m. de ancho x 6 m. de alto, destinados al teatro y otros dos de 4 m. x 4 m., para el vestíbulo del mismo. Finalmente el teatro de la Ribera quedó inaugurado en el año 1971.





La escuela primaria Pedro de Mendoza, el Museo de Bellas Artes de la Boca, el Museo de Escultura al Aire Libre (ubicado en la terraza del 2° piso del Museo), el Jardín de Infantes, el Teatro de la Ribera y la casa estudio Benito Quinquela Martín (ubicada en el 3° piso del Museo, donde podemos ver una colección de sus obras, muebles, y demás objetos de su pertenencia), edificados todos sobre terrenos donados por Benito Quinquela Martín, son propiedad del Consejo Nacional de Educación. Estos edificios tienen la particularidad de comunicarse entre sí y conformar un verdadero complejo cultural que nos ha legado nuestro artista de La Boca.

Entre otras donaciones realizadas por Quinquela, en el barrio de La Boca se encuentran los terrenos sobre los cuales fueron edificados:

El Lactarium Municipal N°4, inaugurado el 4 de octubre de 1947.
La Escuela de Artes gráficas, inaugurada en 1950.
El Instituto Odontológico Infantil: inaugurado el 1 de abril de 1959.

En el Instituto Odontológico, al igual que en el Jardín de infantes, el color es el centro de atención. No solo las paredes tienen color, sino también los equipos y sillones con que se atiende a los niños, así como los guardapolvos de dentistas, enfermeros y mucamas.

Pero la generosidad de Quinquela, no se limitó solamente al barrio de La Boca. Sería imposible citar aquí, la totalidad de obras de bien público en las que ha participado, dejando muestras de su infinito amor al prójimo. Sin duda, alguna, en Quinquela existió un ser humano maravilloso, de una grandeza moral y espiritual incomparable.


niebla azul


A través de Santiago Stagnaro -a quien apodaban el pequeño Leonardo por sus notables conocimientos en materia de poesía, pintura, música y periodismo- Quinquela conoció las lecturas de Gorki, Balzac y Víctor Hugo, cuyas ideas influirán más tarde en su estética. Con Stagnaro, quien se desempeñaba como secretario del gremio de los caldereros, Quinquela firmó en 1908 el "Manifiesto de la huelga portuaria", a partir del cual lograron implementar las 8 horas de trabajo y reducir el peso de las bolsas de carbón a 70 Kg.

La carbonería y el puerto le insumían demasiado tiempo, no sintiéndose bien de salud decidió ir a Córdoba en busca de una pronta mejoría. Allí conoció a Walter de Navazio, con quien pintó algunos paisajes cordobeses. Regresó de Córdoba habiendo recobrado toda la fuerza y el ímpetu de pintar. Instaló su taller en lo alto de la carbonería de sus padres, situada en la calle Magallanes 970. Entonces alternaba su vida entre el trabajo y la pintura en el muelle o en la Isla Maciel. 

"La Isla Maciel era algo así como un Tigre en miniatura, yo iba a ella a pintar perales y urazneros en flor."
Frecuentaba, también los talleres de sus amigos, Stagnaro y Montero en la calle Olavarría y el de Facio Hebequer y José Torre Revello en la Ribera. Mientras su madre adoptiva lo apoyaba incondicionalmente, su padre no miraba con buenos ojos "eso de ser pintor". Se fue de su casa pero por poco tiempo, necesitaba el cariño de su familia. Nuevamente en su hogar, su padre lo presionó para que buscara un trabajo y él buscó uno que le dejara tiempo para pintar. Así fue que ingresó como Ordenanza en la Oficina de Muestras y Encomiendas de la Aduana en la Dársena Sur. Pero poco después volvió al oficio de carbonero, alternando esta tarea con la pintura. 

Con motivo de celebrar - en 1910- su vigésimo quinto aniversario, la Sociedad Ligure de Socorro Mutuo, organizó una exposición con pintores del barrio de la Boca. A ella asistió Lazzari con sus alumnos, entre los cuales se encontraba Quinquela. Esta fue la primera exposición en la que participó Quinquela con cinco de sus obras: un óleo Vista de Venecia, dos paisajes a la témpera y dos dibujos a pluma Estudios de cabezas. Mientras tanto continuaba pintando paisajes, recorría el parque Lezama, Palermo y la isla Maciel.





Quinquela intuía que había algo que lo identificaba emocionalmente, que le fluía de manera natural. Se hacían presentes los conceptos del libro "El Arte" de Rodín que había leído en su adolescencia , donde el arte no debía pasar por una experiencia dolorosa, al contrario debía brindar un enorme placer. Esa facilidad para expresarse se la daban los motivos de la Boca. Así fue como cambió los paisajes por el puerto, por su puerto. "Además de antiacadémico, yo era un pintor fácil y rápido, cuando pintaba lo mío. La facilidad me la daba el tema. El puerto, los barcos, el río, las grúas, los astilleros, los obreros, la vida afiebrada del trabajo, eran temas que yo llevaba adentro y los trataba con facilidad." 

En sus recorridas por La Boca solía ir a visitar el "cementerio de barcos", lugar donde iban a parar las viejas embarcaciones, cuyo fin último era ser quemadas con el propósito de recuperar y vender sus hierros. Quinquela solía frecuentar los barcos que paraban en Vuelta de Rocha, en uno de ellos, el "Hércules", se instaló con sus útiles de pintor y allí realizó varias telas. 

El primer artículo que habló sobre la obra de Quinquela, apareció en la Revista Fray Mocho, en abril de 1916. Estaba titulado El carbonero y la firmaba Ernesto Marchese. "Una mañana opaca, en que la lluvia estaba al caer peregrinando por la Boca, nos detuvimos a contemplar un pintor que, sentado en la proa de un velero, indiferente al mareante ir y venir de un barco en descarga, pintaba. Es decir, aquello no era pintar, era un afiebrado arrojar colores y más colores sobre un cartón. En manos de nuestro hombre, el pincel iba, venía, describía giros, volvía, resolvía con amplitud majestuosa, y segura. A su paso dejaba gruesas huellas que aparecían desordenadas e incongruentes en un principio pero que bien pronto adquirirían forma y cierta concordancia, grotesca casi, para formar enseguida un cuadro de una belleza sorprendente, insospechable en un rincón gris y sucio del Riachuelo."

Esta nota incentivó a Quinquela para que definitivamente cambiara el carbón por el pincel. Ya empezaba a ser conocido como el carbonero pintor. A partir de este artículo logró vender su primer cuadro "Preparativos de Salida", al señor Dámaso Arce, coleccionista de obras de arte de la localidad de Olavarría, quien años después fundaría el Museo que lleva su nombre. 

"Empecé a sentir íntimamente la responsabilidad del artista que sale del anónimo de su casa y de su barrio para convertirse en objeto de comentario público."



Reflejos de sol






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